Nací curiosa, mi mamá me leía en la panza y me pedía que la ayudara a vestirse, nací con una pasión por la moda y con un amor por la lectura. Después, era una niña nerd, uno de mis primeros recuerdos es que la profesora de kinder me elogió por decir ‘sacapuntas’ en inglés, en el mismo kinder una niña me rompió el brazo con la puerta del baño, no recuerdo ni su nombre, solo recuerdo que ella también lloraba por la culpa y yo quería que la regañaran.
En la primaria mis orejas y mis ganas de aprender crecieron más que yo, quizá no me conocían a mí pero si mi arquetipo, flaca, lentes grandes, balones en la cara a la hora del recreo, sentarme en la segunda fila, porque en la primera me daba pena, y sacar 10. De la primaria recuerdo tres cosas principalmente, excelente profesores, buenas calificaciones y unas niñas que se agacharon a verme las calcetas pero en realidad era para burlarse de mis vellos en las piernas.
En la secundaria, mis bubis crecieron más que mi malicia, y antes de darme cuenta, ya tenía miradas imposibles de disimular de pubertos hormonales, antes de darme cuenta, uno de mis compañeros se masturbaba a lado de mi en la clase de computación. Había desafortunadas circumstancias, mi ciudad se había convertido en la ciudad más peligrosa del mundo, había colgados en los puentes de camino para ir a la escuela, mi mamá nos hacía jugar a taparnos los ojos. Fue imposible de esconder cuando salí a jugar con mi hermana y mi amiga y había un muerto. Después de ahí, mi vida se volvió una burbuja, nos cambiamos de casa y de escuela, ambas mejores. A mi papá le empezó a ir mejor y eso se tradujo en carros caros, quinceañeras, boletos para One Direction y muchos privilegios, mientras mi ciudad se quemaba, mi familia se empezaba a destrozar y yo comenzaba a vomitar lo que comía.
Decidí tomarme un descanso, a pesar del del dinero, siempre había alguien que tenía más, a pesar de que ya empezaba a ser bonita, siempre había una más bonita. A pesar de todo, seguía siendo una paria social. Como Eat, Pray, Love terminé en India con 16 años para un sabático, y fue la mejor decisión que pude haber tomado. India es innegablemente bello y complicadísimo para ajustarse. Aprendí quien soy fuera de mi contexto social, aprendí de otras culturas y aprendí que no siempre pasan cosas buenas. Salté de un tren y fui drogada en un restaurante, pero ya será historia para otra chela.
Regresando de India, según yo centrada y sin ver a mi familia a un año tomé la decisión de irme a Ciudad de México a estudiar, no me arrepiento de nada la verdad, a pesar de que siento que esa ciudad me escupió en la cara en repetidas ocasiones. Hice mi mejor esfuerzo por quedarme, pero al mes que llegué, un terremoto me sacó, iba a casa y volvía a la ciudad, cada vez llegaba más exhausta a casa y me iba más desesperanzada, ansiosa.
Si tuve buenos momentos, tuve buenas amigas, ninguna de ellas con las que hablo al día de hoy, tuve buenas citas, pero en general, esa ciudad no me da buenos recuerdos. Me da miedo lo mucho que intenté quedarme, lo grande que es y los fantasmas que hay ahí. Fue feo, las etapas en general que tuve no me gustaron, mis decisiones en la ciudad no fueron tomadas en consciencia sino por miedo.
Muy a mi pesar, volví a casa, con el corazón roto y sin sueños por cumplir, así que me dispuse a viajar y a recontrarme, conocer mis playas favoritas y de hacerme de nuevas amistades transparentes y reconectar con algunas otras. Esta etapa fue la más difícil, una vez que conseguí la felicidad de ser yo y de viajar y conocer, comenzó un proceso introspectivo durísimo, más pesado que cualquier cosa que habría hecho en India.
Una vez más, mi vida cambió, no tengo heridas familiares, tengo un novio que me ama y una perra que es mi hija, me corrieron de mi trabajo, uno donde me trataban como cartucho de tinta de impresora, donde me la vivía encerrada en mi casa, escribiendo, sin hablar con nadie. No me gustaba. Pero en fin, aquí estoy, viviendo y siguiendo adelante, esperando a ver cuales son los siguientes párrafos que me tocará escribir.




